Escuchando música, acostada en mi cama deshecha, a las 19:36, sin comida preparada, sin cenar, sin hambre, nostálgica y quedándome en el paseo aleatorio que están dando en mi memoria las personas que me han acompañado en algún momento de mi vida...
He dimensionado cuánto ha modificado mi historia su presencia, las veces que no dormí por llevarles el paso o jalarles a un futuro donde me veía, las frases tontas que me han dejado y que repito de vez en cuando, sin querer, pero recordándoles en cuanto me escucho decir: "tonoto", "ecusha ogro", "porafor", entre tantas otras.
Pero esta calma, este momento, poder respirar sin tener que correr al ritmo de nadie más; sin despertar a las 5 am; sin llegar a mi oficina a las 6 am aunque mi jornada inicie a las 9 am. Poder salir en fotografías de otrxs, así como conservar historiales de conversaciones, dormirme a la hora que mi cuerpo necesite, amanecer e irme a la cama sin un solo grito. Poder darme la vuelta sin tener que mantener la mirada en las manos de otrxs, no tener que aprender a mentir, alejarme de una conversación sin miedo, sin los enojos, sin sentir que tengo que sobrevivir, correr, esconderme, defenderme, estar alerta por si acaso... Porque la otra persona decidió consumir algo que altere su estado de ánimo.
Mi lugar seguro me lo debo a mí.
Porque qué poco nos advierten de los costos de un vínculo, de lo atentxs que tenemos que estar a cualquier bandera roja que pueda disfrazarse de cuidado y preocupación.
Aún no sé amar, quedarme, confiar, dejarme amar, cuidar, apoyar, pero sé que estoy rodeada de personas a quienes genuinamente les interesa si desayuné, si tomé agüita o si falleció mi papá.
Qué rabia, qué impotencia el costo.